Bodegas Hermanos Pascual Miguel lleva más de cien años haciendo vino en Baños de Ebro, en el corazón de la Rioja Alavesa. Cuatro generaciones de familia, un terruño con carácter y una manera de entender el vino que mezcla respeto por la tradición con una mirada abierta al futuro. El reto era trasladar todo eso a las redes sociales sin perder ni un gramo de autenticidad.








Bodegas HPM llegó con una historia de más de un siglo a sus espaldas y una presencia digital casi en blanco. Había producto, había carácter, había alma. Lo que faltaba era una voz en redes que estuviera a la altura de todo eso. El punto de partida era sencillo: construir desde cero, sin artificios, con honestidad.
El trabajo comenzó definiendo un tono: elegante sin ser distante, cercano sin ser informal. La bodega tiene algo que pocas marcas tienen —cuatro generaciones de personas reales con nombre y apellido detrás de cada botella— y eso había que contarlo. Se desarrolló un sistema de contenido basado en tres pilares: el territorio y el proceso, las personas detrás de la bodega, y el vino como experiencia.
Cada publicación se pensó como una pieza dentro de un relato mayor. La fotografía, la paleta de color, el copy: todo obedecía a una misma lógica editorial. El resultado fue un feed que empezó a parecerse a la bodega de verdad: con textura, con historia, con carácter propio.





Se planteó un calendario editorial sostenible: dos o tres publicaciones semanales con un mix entre contenido de bodega, producto y lifestyle vinícola. Las fotografías se trabajaron con luz natural y escenografía mínima, dejando hablar al vino y al entorno. El copy buscaba siempre la emoción antes que la información.
Para Instagram se priorizó el feed como carta de presentación visual, mientras que las stories se reservaron para el contenido más espontáneo y humano: el día a día de la bodega, las visitas, los momentos HPM. Facebook se trabajó de forma paralela para llegar a un público algo mayor, con publicaciones adaptadas en tono y formato.
En pocos meses, la bodega pasó de tener una presencia digital testimonial a contar con un perfil que representa fielmente quiénes son. El engagement creció de forma orgánica, impulsado por una comunidad que empezó a sentir la cuenta como algo propio: gente del territorio, amantes del vino, visitantes que querían repetir.
Más allá de los números, el resultado más valioso fue otro: la bodega por fin tenía una voz digital reconocible. Una imagen que se podía mostrar con orgullo, que abría conversaciones y que empezaba a convertirse en una herramienta real de negocio.